El más reciente estudio global de McKinsey & Company (The state of AI in 2026: On the road to ROI) confirma una realidad innegable: la inteligencia artificial dejó de ser un proyecto piloto para convertirse en infraestructura operativa cotidiana. Hoy, el 89% de las empresas la utiliza de forma regular y un 44% la despliega a gran escala. Sin embargo, detrás de esta adopción masiva se esconde una paradoja crítica para la alta dirección.
Mientras el 80% de los profesionales reporta alzas significativas en su productividad diaria y un 50% afirma tomar mejores decisiones, solo el 37% de las organizaciones percibe un impacto positivo directo en su EBIT. La eficiencia personal no se está traduciendo de manera automática en margen financiero.
Apenas un 6% de las compañías —los llamados AI High Performers— está logrando retornos superiores. La diferencia no radica en la tecnología que compran, sino en cómo la integran: estos líderes no buscan automatizaciones aisladas, sino rediseñar procesos completos de negocio, respaldados por una gobernanza clara de talento y riesgos.
En paralelo, la escala exige nuevos balances. El 20% de las empresas ya enfrenta barreras por costos de cómputo y procesamiento —con mayor presión en servicios financieros y tecnología—, lo que obliga a auditar el gasto de cerca. Por otro lado, la disrupción laboral ha sido más pausada de lo previsto: solo un 14% reporta reducciones de plantilla asociadas a la IA, mientras que la mayoría se enfoca en la evolución de habilidades internas.
Para los comités ejecutivos y tomadores de decisión en América Latina, el mensaje es transparente: el reto actual no es acelerar la adopción por moda, sino conectar la capacidad operativa de las herramientas con la estrategia de negocio para asegurar rentabilidad real. La productividad individual es el punto de partida; la transformación de procesos, el verdadero destino.
Feunte: McKinsey & Company